
En estos días se cumplen 33 años de mi primera llegada a México (en esta vida). Monterrey, agosto de 1992
Fui recibida con un abrazo (de mi queridísima Lourdes Miranda), que rompió los velos de las memorias latentes en mi corazón y en todo mi cuerpo, y, a partir de entonces, no dejaron de, literalmente, explosionar en luz dentro de mí
Son los efectos que tiene el amor más elevado, el verdadero, el auténtico, el que no lleva etiquetas, aquél del que estamos hechos y que venimos a recordar
La primera llegada fue a Monterrey, y después de ese viaje, la segunda llegada, en octubre del mismo año (1992), a Palenque, el mágico Palenque de Pakal, en donde mi alma y mi cuerpo se fusionaron en una paz y una magia reconocida desde el silencio

Desde entonces, desde que mis pies pisaron México por primera vez, no dejaron de explosionar memorias, recuerdos, amor del que nunca muere, amor que viene de lejos y permanece…
Encuentros, reencuentros, regalos…
Cada célula de mi cuerpo lleva a México integrado. Mi sangre, mi corazón, cuando palpita…, porque México me devolvió a mí misma. Cada encuentro, cada compartir, cada viaje, me devolvió una parte de mí, como si las hubiera dejado en otro tiempo como migas de pan para, luego, en su momento, seguirles el rastro y volver a mí, a mi esencia, a mi saber y recordar, y darle sentido a toda mi vida
Y a pesar de que hace 11 años que no he vuelto a viajar (después de hacerlo sin descanso durante más de 22), México sigue vivo, presente, se aparece y me recuerda, y sé que no hay un final de esta aventura, es una continuación sin fin…
Es un viaje del alma que, más allá de todo, sigue vivo en mí, recordándome el amor verdadero, llenándome y abrazándome desde dentro, para que las memorias no se vuelvan a dormir, para que no se olviden, para que no se oxiden, para que la vida permanezca en ellas siempre presente
Gracias, mi amado México, por tanto amor
Te llevo siempre en mi corazón y en todo mi cuerpo, porque sin ti no existiría

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